Por Ana Bertha Pérez Lizaur | Alianza Mexicana por un Consumo Moderado.
Enero suele ser un mes de balances, propósitos de salud y reflexiones institucionales después de las celebraciones decembrinas. Pero tras el cierre de las fiestas de fin de año, vuelve a surgir un tema de salud pública que exige atención permanente: el consumo de alcohol entre niñas, niños y adolescentes, sus vínculos con otros comportamientos de riesgo y la salud en México.
La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco (ENCODAT) 2025, aporta datos representativos a nivel nacional sobre el uso de alcohol y otras sustancias en población de 12 a 65 años.
Lo que dice la ENCODAT 2025 sobre alcohol y edades tempranas
La ENCODAT 2025, que encuestó a más de 19,000 personas, revela cambios importantes en los patrones de consumo que hay que destacar: entre adolescentes, el porcentaje de quienes han bebido en el último año disminuyó respecto a encuestas previas. La prevalencia de consumo excesivo mensual en este grupo ha descendido notablemente, de la mano con el riesgo de efectos negativos en el desarrollo y la salud a largo plazo.
Estos patrones son consistentes con una tendencia más amplia en la que, si bien algunas conductas de riesgo parecen bajar en el corto plazo, las exposiciones tempranas al alcohol y otras sustancias siguen siendo motivo de atención.
Un problema de salud pública que no admite postergaciones
Lejos de ser un rito de paso, el consumo de alcohol en edades tempranas está asociado con riesgos sobre el desarrollo neurológico, la salud mental y la probabilidad de conductas peligrosas, como lesiones y accidentes. Por ello, la Organización Mundial de la Salud (OMS) incluye la protección de niñas, niños y adolescentes como objetivo prioritario en su Plan Mundial de Acción sobre el Alcohol 2022–2030.
El inicio de 2026 debe ser una oportunidad para convertir la conversación post-fiestas en decisiones sostenidas y acciones con impacto real.
Prevención que sí funciona (más allá de prohibiciones)
La evidencia internacional y nacional subraya que las estrategias más efectivas combinan información, entornos saludables y reglas claras:
1) Educación temprana y basada en evidencia: Informar a niñas, niños y adolescentes —y a sus maestras, maestros, cuidadoras y cuidadores— sobre cómo el alcohol afecta al organismo en desarrollo, fortalece la toma de decisiones y reduce el riesgo de consumo dañino, lo que implica conversaciones abiertas desde edades tempranas, inclusive desde los 9 años.
2) Entornos y comunidad que acompañan: Escuelas, familias, autoridades locales y centros recreativos deben ofrecer alternativas saludables, como deporte, cultura, arte, socialización, reduciendo la presión social asociada a beber como medio de integración.
3) Acciones visibles como operativos de control y regulación de acceso al alcohol, acompañados de campañas educativas, envían un mensaje claro: beber alcohol no es inofensivo, especialmente cuando no se cuenta con la mayoría de edad.
Modelos progresivos en países como Canadá y Uruguay combinan regulación, educación y espacios seguros, ofreciendo lecciones útiles que México podría adaptar.
La familia: la primera línea de protección
La adolescencia es una etapa de exploración intensa. Factores como la presión de pares, ansiedad o antecedentes familiares pueden aumentar la probabilidad de consumo temprano. En este contexto, la familia juega un papel fundamental.
Estilos de crianza que combinan lazos afectivos, límites claros y comunicación abierta reducen el riesgo de experimentar con alcohol y otras sustancias. Instituir conversaciones francas sobre el tema, desde edades tempranas, no normaliza el consumo, sino que lo contextualiza y previene.
Además, intervenciones escolares y comunitarias que integran a distintos actores —docentes, autoridades y familias— pueden fortalecer entornos protectores en los que niñas y adolescentes desarrollan habilidades socioemocionales y proyectan trayectorias saludables.
Un propósito claro para 2026
La meta es inequívoca: evitar, en lo posible, el consumo de alcohol antes de los 18 años y reducir los patrones de inicio temprano. Esto no solo disminuirá conductas de riesgo a corto plazo, sino que protegerá la salud física, mental y social de las nuevas generaciones.
Los datos de ENCODAT 2025 muestran avances que deben traducirse en acciones colectivas y sostenidas. Desde la óptica de la Alianza Mexicana por un Consumo Moderado, el objetivo es promover acciones y un mensaje incuestionable: niñas, niños y adolescentes no deben consumir alcohol, y todos como sociedad estamos llamados a contribuir con ello.
El inicio de 2026 es el momento de pasar del diagnóstico a la acción, para que crecer sano no sea una excepción, sino la regla.












































