Anthony Hopkins: «El miedo y la ira acompañan a la demencia, lo sé, le sucedió a mi padre»

A punto de cumplir 83 años, Hopkins asegura: "Estoy en mi mejor momento".

Cortesía | La Voz de Galicia

María Estévez | La Voz de Galicia
Anthony Hopkins (Margam, Port Talbot, Gales, 1937) ha llegado a un punto en su carrera en el que su sola presencia nos genera confianza. Este veterano del teatro ha convertido las salas de cine en el salón de su casa, un salón al que el público acude para disfrutar de cada uno de sus inventos. No importa que aparezca en una cinta de demonios, de superhéroes, de ciencia ficción o incluso de acción como Transformers; su sofisticación se asocia instantáneamente con Shakespeare, por la dicción y el aplomo que inyecta a los personajes.

Recientemente se estrenó El padre, probablemente su mejor papel en los últimos años, una interpretación aclamada en los Festivales de Sundance y Toronto, por la que puede conseguir su sexta nominación al Óscar. Dirigido por el dramaturgo francés Florian Zeller, que debuta tras la cámara con la adaptación de uno de sus textos teatrales, El padre es un filme de suspense que hace algo bastante inquietante al mostrar la demencia, desde la confusión, de un hombre que ha comenzado a perder sus facultades mentales. Entrado ya en la ochentena, Hopkins confiesa sus ganas de seguir viviendo y su nueva afición: hacer vídeos en Instagram.

-¿De qué modo llegó a sus manos este guion?
-Mi agente me lo envió porque sabía que me iba a interesar. Desde el momento en que lo leí, supe que podía hacerlo. Es un personaje que no requiere demasiado por mi parte. Simplemente, reaccioné al trabajo del resto de los actores. No hay trucos, ni estudio del personaje, ni método, este es un guion brillante y eso, siempre, es lo más importante.

-Hace treinta años ganó su Óscar por El silencio de los corderos, desde entonces ha estado nominado en cuatro ocasiones. ¿Cree que este puede ser el papel que le dé su segundo Óscar?

-Muchos actores encuentran validación en la aprobación de la Academia, no los juzgo pues están en su derecho, pero a mí no me interesa. Disfruto de los elogios porque es agradable, sin embargo, los encuentro innecesarios. Estoy vivo, tengo 82 años y sigo trabajando, eso es lo realmente importante para mí. Los últimos seis años han sido los más maravillosos de mi carrera. He podido actuar en el teatro, en el cine, en la televisión; estoy en mi mejor momento. Los premios me permiten tomar ventaja frente a otros actores que compiten por los mismos papeles, nada más. No pido nada, no espero nada, pero tengo los brazos abiertos para recibir lo que me den.

-¿Por qué decidió interpretar a un hombre con demencia?
-Voy a cumplir 83 años [lo hará el próximo jueves], no tengo que actuar para interpretar a un viejo, aunque no me sienta viejo porque estoy en forma y muy, muy fuerte. Entiendo la confusión de mi personaje porque estoy viviendo el proceso de envejecer, sé lo que es ir perdiendo facultades poco a poco, el miedo a la enfermedad, a la muerte. El hombre que interpreto no está en paz. Vive momentos de pánico, él está perdiendo sus recuerdos, su capacidad para reconocer a los demás.

-¿Es cierto que usted se inspiró en su padre para recrear este papel?
-Reconozco el miedo y la ira que acompañan a la demencia, lo sé, porque es algo que le sucedió a mi padre, un panadero que al final de su vida no reconocía a nadie. Mi padre experimentó el proceso de caída al vacío que le sucede a mi personaje. Padecía del corazón, fumaba demasiado y bebía demasiado. Era un hombre luchador, enérgico, decidido, pero su deterioro en el último año de su vida fue lamentable. Tan pronto lloraba, como te gritaba, sufría depresión y se enfadaba porque su confusión le aterraba, así reaccionas cuando te enfrentas a la muerte. Se ponía a la defensiva y te atacaba. Pero era un buen hombre. Mi padre está en mí, forma parte de este personaje, solo espero haberlo modificado lo suficiente para que no sea él. Recuerdo muy claramente aquellos días en los que se estaba muriendo: la apatía contra la que trató de luchar. Lo que no quiero es perder las ganas de vivir.

-¿Teme a la muerte?
-No. A mi edad, uno piensa mucho en ella. Yo trato de vivir mi vida cuidándome; medito, duermo lo necesario, hago ejercicio, leo durante horas cada día. Considero muy importante mantener el cerebro ágil, por eso leo y medito cada día.

«La soberbia, el ego y el marketing político nos están haciendo mucho daño». Una de las actrices más en boga del panorama internacional, Olivia Colman, Óscar en el 2019 por su interpretación en la película La favorita, le da réplica a Hopkins en El padre, donde encarna a su hija.

-Todo el peso emocional de la narración recae en ella. Olivia entiende lo que significa el papel del cuidador de alguien con demencia. El que sufre de demencia tiene su propio infierno, pero está protegido contra el dolor de reconocer la pérdida. Los familiares lo sufren de otro modo, tienen que sobrellevar la pérdida y aguantar sus miedos, es desgarrador.

-La pandemia del covid-19 ha devastado los hogares con enfermos que necesitan cuidados paliativos.
-Estamos en una sociedad que necesita prestar atención a los enfermos a largo plazo y espero que este filme sea esa llamada tan necesaria para buscar un nuevo modelo a las poblaciones que envejecen. Creo que la mayor parte del daño lo hacen las tonterías intelectuales y las personas que solo quieren demostrar lo inteligentes que son. La soberbia, el ego y el marketing político nos están haciendo mucho daño. Cuesta hacer entender a los políticos que este microbio invisible ha venido no solo a destruir el ego humano, sino a aniquilarlo por completo. La gente me criticará porque solo soy un estúpido actor, pero deberían pensar en lo que digo.

-Usted se mantiene al día, incluso tiene cuenta de Instagram…
-Sí. Estoy aprovechando el confinamiento por el covid-19 para mostrar a mis seguidores lo que hago. Me divierte hacer vídeos hablando con mi gato, o bailando, en estos días tan raros que nos ha tocado vivir disfruto mi tiempo pintando y tocando el piano. Mi ambición en este momento es disfrutar de cada minuto de mi vida.